sábado, 28 de noviembre de 2009

EL ADIOS AL COMPAÑERO DE MI VIDA

ARTURO HUMBERTO VALERA REYES




Has partido después de un tiempo muy triste, después de tres meses de agonía para mi, mi familia y la tuya, recién hoy estoy tranquila por que dejaste de sufrir y partiste junto a nuestro creador y todo este sufrir se convierte en paz para ti, ruego a Dios me de la conformidad y tranquilidad para para poder continuar.
Agradezco primeramente a mi cuñado César Saldarriaga y a todos los familiares y amigos que tuvieron a bien estar junto a nosotros en esta circunstancia tan dolorosa para mi y toda nuestra familia, descansa en paz amor mió.
Estuvimos 46 años juntos, tuvimos 5 hijos y Dios dirá cuanto estaremos separados, hasta que dios quiera mi compañero de vida.
Germania

16 DE NOVIEMBRE 1937 27 DE NOVIEMBRE 2009

jueves, 26 de noviembre de 2009

UN BUEN PROFESOR

Las funciones que se adjudican a la educación surgen desde variados tópicos y posturas intelectuales. En tal sentido es posible advertir que los docentes ocupan funciones diversas dada la naturaleza de su quehacer.

despertando saberesHay quienes ven en la educación la posibilidad de desarrollar al máximo las potencialidades ocultas de cada persona, de forma que a partir de ellas pueda ocupar un rol importante en la sociedad lo que le conducirá hacia su bien propio como el bien común. Es una visión esperanzadora y optimista del quehacer educativo. Desde esta visión el profesor aparece casi como un salvador, él encarna a la persona capaz de abrir las mentes de sus estudiantes y desarrollar en ellos diversos modos de vocación, de tal forma que posibilita con sus enseñanzas el desarrollo y progreso de la sociedad en su conjunto. La sociedad crece y se dinamiza gracias a la educación y el profesor es quien posibilita esto.

mal profesorSin embargo, hay personas suspicaces que ven en la educación todo lo contrario. este sería el instrumento por el cual las personas verán coartados sus sueños y esperanzas. La educación es un instrumento de conservadurismo, represión e inmovilidad social. Es la mirada del profesor que coarta la autonomí­a de sus alumnos, aquel que reprime los deseos liberales de la juventud, el que humilla a aquellos alumnos que se atreven a pensar por si mismos. Los profesores son instrumentos de poderes fácticos, educan para mantener las diferencias sociales, a los hijos de clase alta les preparan la mejor de las clases, a los hijos de la clase baja se les exige y se aminoran los esfuerzos, total nunca podrán surgir de la pobreza en que están. Tenemos por tanto una educación para futuros lí­deres y una para estimular obreros. Los profesores, obreros al servicio de las clases de poder, son los gendarmes que mantendrían a cada alumno en el sitio que le corresponda.

Por otra parte se asocia la educación con la mera instrucción de contenidos. Son aquellos docentes intelectuales, que basan todo su quehacer en el nivel de conocimientos que manejan, Lo primordial es demostrar su saber ante sus alumnos. No son profesores que dicten clases para jóvenes sino para alimentar su propio ego y vanidad. Confunden la docencia con la instrucción.

En el otro extremo se encuentran aquellos que confunden la pedagogí­a con la paternidad. Para algunos el ser profesor significa ser una buen a compañía, una persona empática, capaz de atender a los problemas y necesidades afectivas y sociales de sus alumnos. Un profesor cercano, amigo, cómplice de sus alumnos, que a veces pierde su sentido formador. A veces estos profesores caen en el extremo opuesto del profesor intelectual, con ellos no se aprende pero si se pasa bien.

Estas cuatro posturas conviven entre sí, no son necesariamente negativas, quizás su error es sólo potenciar un aspecto del ser docente y no entenderlo en su totalidad.

Un buen profesor no se define por su actividad sino por el sentido que da a ella. Si tomamos el vocablo en su acepción originaria para ser un buen profesor solo bastarí­a saberse expresar adecuadamente, el profesor es aquel que expresa ante un público, el que da fe de su conocimiento y es capaz de traspasarlo.

Pero hemos visto que tal es una mirada limitada del quehacer docente. No basta con saber de un tema si soy incapaz de enseñarlo. La docencia va más ligada al cambio de la persona que recibe la enseñanza que a la capacidad de uno de expresar un concepto. Muchos hemos pasado por experiencias universitarias en que abogados, arquitectos o médico intentan dar cuenta de su saber, siendo incapaces de entregarlo en forma clara y sencilla.

Es por esto que prefiero la palabra educador antes que profesor. Educar implicar dirigir, orientar, facilitar un cambio en la persona del otro. Lo intelectual se supedita aun interés mayor: la capacidad de desarrollar la vocación de otro. El educador es aquel que dispone su vida, sus acciones al servicio de otro. Es un servidor, quizás en su sentido originario, de ayuda, de solí­cita compañi­a. Sin embargo no es un sirviente, no pierde su vida en ayudar y en la felicidad ajena. No se diluye en exigencias ajenas olvidándose de sí. Antes bien, encuentra su propia felicidad y realización en esa donación al otro. No hay dicotomí­a entre el educador y el educando, hay complementariedad, la felicidad de uno se desarrolla con la del otro.

He aquí una primera característica de un buen profesor: es alguien feliz. El educar es un acto humano, un acto que se realiza entre dos voluntades que buscan cada una su propia finalidad y que desean en la consecución de ese fin su propia realización. La felicidad es el fin que persigue toda persona humana, en este caso se visualiza y expresa con el desarrollo de la propia vocación. El profesor es aquel que encuentra en su propia vocación el facilitar el encuentro de otro con su propia vocación. Para ello es indispensable que el profesor tenga conciencia de la valí­a de su misión, pues de otra forma el error se convierte en la muerte de los sueños del otro.

Sin embargo hay un riesgo en esta visión. La raí­z latina de la palabra educar es la misma que la de la palabra conducir. Es posible de pronto que algunos profesores sientan que su rol es conducir, dirigir, manipular los pasos de sus educandos. Nada más peligroso cuando el profesor se autoimpone el rol de salvador de sus alumnos. De aquel que decide y elige por ellos restando la capacidad de autodescubrirse, de desarrollarse plenamente, en el fondo restando libertad a sus estudiantes.

El profesor es alguien autónomo. Segunda característica. Entiendo por autonomí­a lo que planteaba Kant en su visión ética. Autonomí­a no significa independencia extrema, ni tampoco falta de toda regla o norma, sino más bien implica la capacidad de desarrollar una voluntad propia que permita tomar decisiones por si mismo. Aprender a actuar sabiendo que de mis actos otros se verán implicados y así­, sin tener que recurrir al temor de sanciones ajenas, actuar pensando y poniéndome en el lugar de todos. La persona autónoma no es un egoí­sta egocéntrico que no sabe que los demás existen, sino aquel que reconoce que sui existencia es más llevadera con la compañi­a y apoyo de otros. Si un docente es autónomo enseñará a los alumnos a descubrir su propia autonomí­a y acrecer siendo fieles a sus propios principios e ideales y no movido por sus caprichos y deseos egoístas e infantiles.

Sin embargo, no nos engañemos, la autonomí­a no se logra desde la espontaneidad. A veces confundimos la libertad con la total independencia de normas y reglas, sin darnos cuenta que si las reglas existen es precisamente para educar nuestra libertad. Por ello es que es preciso reconocer una tercera característica del docente: es alguien disciplinado. El profesor está para educar, para cumplir con el rol social que permitir que las generaciones más jóenes logren ajustarse a los requerimientos de la sociedad en que estén. Por ello es que el docente no puede perder de vista el apego a normas de convivencia que permitan que los jóvenes eduquen su libertad. No se trata de imponer una obediencia ciega a normas y principios sino enseñar a respetar esas normas por lo valioso que contienen tras de si. Educar la autonomía supone ayudar a decidir, enseñar a elegir entre lo que se debe hacer y lo que no se puede hacer. Pero para ello es preciso alentar una voluntad firme y constante. La disciplina ayuda a mantenerse fiel en la elección ejecutada, a continuar en la senda que ya se eligió. Sin disciplina las personas se vuelven inconstantes, temperamentales, pequeños bipolares morales que son incapaces de mantener la palabra ofertada o la promesa entregada.

Esto requiere que el docente sea prudente. Hemos aprendido que las acciones éticas han de fundarse en un correcto discernimiento, no basta con conocer de valores y principios, ni de elaborar sendos discursos sobre ética, sin en las acciones cotidianas y concretas, cuando se plantean dilemas entre lo correcto y lo bueno no sabemos que efectivamente hacer. Por ello es que es preciso que el docente sea prudente, sepa cómo actuar desde una acción ética y no políticamente correcta. Un ánimo educado y capaz de tomar decisiones efectivas, centradas no en el beneficio propio ni en lo políticamente correcto, sino en valores y principios efectivamente formativos.

Por último, me parece que estas acciones desde el plano ético se fortalecen mas cuando quien las emite es alguien capaz de fascinar y atraer la atención de sus alumnos. Por ello es que creo sinceramente que la mejor forma de enseñar y educar a los alumnos es cuando el profesor se muestra a sus alumnos como alguien con autoridad. Pero me refiero a esa autoridad que surge de quien posee experiencia, de quien enuncia verdades basadas en hechos o conocimientos que ha adquirido en su vida. Un profesor debe ser culto. Debe de potenciarse ante sus alumnos por la fuerza de sus vivencias que le convierten en un referente válido y digno de imitar. El mejor ejemplo no se da en acciones estereotipadas o en un discurso lleno de cliché sobre lo correcto, sino en una personalidad que trasciende y que se hace interesante para sus alumnos. La cultura le permitirá al docente ampliar la mirada de sus alumnos, ayudarles a reconocer que existen otras formas de actuar, mejores y más éticas que lo que ya hacen. Un alumno no se acerca al liceo o colegio a repetir lo que ya sabe, sino a ampliar su horizonte, solo un profesor con el conocimiento y la sabiduría propia permitirán responder a esta necesidad vital.

Un profesor por tanto debe dejar de ser un mero instructor de contenidos para convertirse en un pleno educador, en un servidor de las vocaciones ajenas.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

COSAS DENIÑOS

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Cuando un autor es invitado a un aula, en cierta medida, asiste a una comida de familia en la que se percibe bastante bien el estado de salud de las relaciones personales del grupo, con su dosis de obligatoriedad (en el sentido simple de que no escogemos a la familia, tampoco a los compañeros del aula ni a los maestros). Supongo que en la jerga psicológica, que no conozco, existirá algo parecido a la «terapia de la visita del extraño».

En unas pocas ocasiones, muy contadas, he encontrado casos lamentables, en los que el maestro odia su trabajo y transmite la deserción a sus alumnos. Pero en la mayoría de las ocasiones, el sistema funciona y el grupo vive la sesión como una fiesta compartida. Y de vez en cuando, uno encuentra auténticas perlas que le dan sentido pleno a cinco horas de coche y contar hasta el límite de la voz, o a estar contando a la hora de la siesta cuando te has levantado a las cinco y el menú ha caído como una losa de sal en el estómago, o a explicar por milésima vez (y casi siempre en vano) que un autónomo se queda con menos de la mitad del dinero que factura, entre otras penas de un trabajo que reconforta, pero como todos, también cansa y vive días de tirar la toalla.

Hace poco me encontré en uno de esos días mágicos. En la biblioteca de Caudete —estupenda por lo clara, completísima y casi hiperactiva que es—, se presentó un guardia bigotudo y repelente exigiendo permisos a tutiplén, a la abeja que pasaba por el país de Colmena, pero también a mí, a los alumnos y, claro está, a los maestros. Los chavales piden el permiso de enseñar, el de mandar deberes, el de mandar cuatro hojas de deberes, el de imponer normas en el aula… El permiso de hacer de vientre, como dijo uno en la versión más fina que he oído hasta ahora de una respuesta que nunca falta… El de caminar a la pata coja o el de querer viajar a la Luna, cuando desatan la fantasía… O hasta el permiso de estar vivo, como exigieron una vez, en un arranque de totalitarismo que habría dado envidia a Stalin. La verdad es que de carné en carné, con este Carnaval en miniatura a todos nos dio la risa (con su dosis de estupor), varias veces.

La magia pura vino cuando una maestra aprovechó su ocasión de pedir permisos a los alumnos para reconvenir con cariño a los más despistados, dando así pie a hablar en grupo, con franqueza pero con calma, sobre los excesos que pueden despertar tensiones colectivas; y acto seguido —con tono ligero, pero mirando a los ojos a sus chavales— cerró pidiéndose para sí «el permiso de querer a mis alumnos». En una sociedad que verbaliza con énfasis la autoridad y la violencia, pero no el cariño, sinceramente, este invitado afortunado sintió que se le esponjaba el corazón.

martes, 24 de noviembre de 2009

BRITNEY

Britney Spears
Últimamente lo extraño es ver a Britney vestida. O se olvida la ropa interior en su casa o se la pone y la enseña sin problemas. Rapada, con extensiones, ebria, con kilos de más, de juerga con Paris... Pero, ¿no cantaba?

lunes, 23 de noviembre de 2009

FOTO DEUNA FLOR

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TOMEMOS CONCIENCIA


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Hay una ley que prohibe fumar dentro de recintos educativos y de salud. El 5 de julio de 2008 se publicó en el diario oficial El Peruano el Reglamento de la Ley N ° 28705, Ley General para la Prevención y Control de los Riesgos del Consumo del Tabaco, que –entre otras medidas– prohíbe fumar en áreas abiertas y cerradas de establecimientos públicos y privados dedicados a la salud y a la educación. La Pontificia Universidad Católica del Perú es una institución educativa, y como tal está para hacer valer dicha legislación, que busca proteger la salud de la comunidad.

Pero de cuando en cuando, un par de veces al día diría yo (que paso buena parte del día en la PUCP), tengo que sentir el característico olor del cigarrillo o ver a uno que otro (u otra) transgresor que, sin inmutarse, fuma dentro del campus. Llamrle la atención está de más porque incluso no ha faltado quien me ha mandado a rodar: me lo han dicho con la mirada, con gestos, con la indiferencia, e inlcuso me han respondido.

Hay una campaña positiva: "La revolución de las pequeñas cosas". Debería incluir de forma más agresiva el cumplimiento de algo que es un dispositivo legal, no una norma interna.

Mientras tanto, aqui les presento algunas piezas que buscan promover una actitud de cuidado de la salud de los demás (por si a algún fumador no le interesa la suya propia).

PARAJE DE DUENDES

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